En todas partes del mundo hay, hubo y habràn chilenos.
Cuicos, flaites, lanzas, estudiantes, viajeros, vagabundos, hijitos de papà, exiliados, autoexiliados, perdidos y encontrados, todos estos especîmenes tienen en comùn la procedencia: nuestra langa y argosta faja de tierra.
Paris, la ciudad del amor, los quesos y la Eiffel Tagüer, no està exenta de tan original producto de exportaciôn : los chilenos.
Ese que se saca una foto en Notre Dame usando la camiseta del Colo-Colo o de la U, ése es un chileno.
El que arma camorra en un carrete porque se le pasaron las copas por lo general es chileno.
El que piensa que todos los chilenos que viven en Paris son sus hermanitos, ése...es chileno.
La situaciôn tîpica es ir a un carrete donde uno cree que solo hay franceses (o en su defecto, europeos primermundistas) y encontrarse con que el ùnico que no es francés es...chileno. Y ahî, por supuesto, viene el ritual de reconocimiento : de que ciudad viene, qué comuna, si es de los Gonzalez del norte o del sur, si conoce al Juanito que también vive en Paris hace una chorrera de agnos. Como los perros cuando se huelen las colas, uno resume la vida propia en cinco frases para seguir con el carrete. Y luego, a altas horas de la noche y después de unos cuantos litros de alcohol en el cuerpo, ya nos sabemos la vida del otro al dedillo. Viene el intercambio de teléfonos, las promesas de una tomatera a venir y con eso, se sella el fin del ritual. Las futuras reuniones dependeràn de si se caen bien o no y de si pertenecen al mismo estrato socioeconômico y/o cultural (porque acà también le lleva el clasismo).
Debo decir, en todo caso, que he tenido muy buenos encuentros hasta ahora. Por lo general los he conocido en carretes, donde somos los que chupamos hasta morir (lo que se llama chupicidio), los que reîmos màs fuerte, los que decimos diez chuchàs por minuto y que, al final, nos vamos todos juntos cantando por las calles de Parîs a las 4 de la manana. Como si estuviésemos en cualquier punto cardinal de nuestra querida faja.
Cuicos, flaites, lanzas, estudiantes, viajeros, vagabundos, hijitos de papà, exiliados, autoexiliados, perdidos y encontrados, todos estos especîmenes tienen en comùn la procedencia: nuestra langa y argosta faja de tierra.
Paris, la ciudad del amor, los quesos y la Eiffel Tagüer, no està exenta de tan original producto de exportaciôn : los chilenos.
Ese que se saca una foto en Notre Dame usando la camiseta del Colo-Colo o de la U, ése es un chileno.
El que arma camorra en un carrete porque se le pasaron las copas por lo general es chileno.
El que piensa que todos los chilenos que viven en Paris son sus hermanitos, ése...es chileno.
La situaciôn tîpica es ir a un carrete donde uno cree que solo hay franceses (o en su defecto, europeos primermundistas) y encontrarse con que el ùnico que no es francés es...chileno. Y ahî, por supuesto, viene el ritual de reconocimiento : de que ciudad viene, qué comuna, si es de los Gonzalez del norte o del sur, si conoce al Juanito que también vive en Paris hace una chorrera de agnos. Como los perros cuando se huelen las colas, uno resume la vida propia en cinco frases para seguir con el carrete. Y luego, a altas horas de la noche y después de unos cuantos litros de alcohol en el cuerpo, ya nos sabemos la vida del otro al dedillo. Viene el intercambio de teléfonos, las promesas de una tomatera a venir y con eso, se sella el fin del ritual. Las futuras reuniones dependeràn de si se caen bien o no y de si pertenecen al mismo estrato socioeconômico y/o cultural (porque acà también le lleva el clasismo).
Debo decir, en todo caso, que he tenido muy buenos encuentros hasta ahora. Por lo general los he conocido en carretes, donde somos los que chupamos hasta morir (lo que se llama chupicidio), los que reîmos màs fuerte, los que decimos diez chuchàs por minuto y que, al final, nos vamos todos juntos cantando por las calles de Parîs a las 4 de la manana. Como si estuviésemos en cualquier punto cardinal de nuestra querida faja.