Ginebra es una ciudad rara. Ecléctica. No es muy grande, pero se pueden recorrer los alrededores y llegar a la cima de un cerro. En Ginebra todo funciona con precisiôn cronométrica y hasta los buses pasan en el minuto 47 si asî està anunciado...igual eso me dio un poco de susto.
En el centro de Ginebra uno se da cuenta que esta ciudad es un lugar de pasaje, un "pied-à-terre" como le llaman los franceses. Mucha tienda de lujo, relojerîas de lujo, chocolaterîas idem y bancos. Creo que es la ciudad que tiene màs bancos por metro cuadrado que he visto; con razôn està lleno de traders y de tipos con trajes muy caros que se pasean con su iPhone en la mano transando en las bolsas de comercio de cualquier parte del mundo.
Sin embargo, Ginebra es rara. No es una ciudad acogedora, pero tampoco uno se siente rechazado. La parte que llaman la "Ciudad Vieja" es bonita, silenciosa, con muchos pasajes de piedra que datan del siglo XV. Y un poco màs allà, los bancos. El cambio de un siglo a otro es abrupto, pero los ginebrinos (?) parecen bastante adaptados a estos contrastes.
Otro detalle que llama la atenciôn es la presencia del Lago Leman; es màs agua que ciudad, de hecho. En el lago la gente nada, hace deportes, se lava, navega. Se afeitan, leen, toman sol, toman agua, hacen fiestas y juegan con los patos y cisnes. Y el lago es de un azul intenso, tanto que duelen los ojos a veces. Sin embargo es lindo, pacîfico, calmante. Fue lo que màs me gustô de Ginebra sin lugar a dudas.
Ginebra es un valle, como Santiago. La diferencia es que ahî casi no hay esmog y se ven las montagnas verdes y altas. Cuando se tiene suerte, se puede ver el Mont Blanc a lo lejos. Yo me imaginaba Ginebra asî en todo caso : chiquitita, media perdida en las montagnas y con una onda asî como la de las fotos de los envoltorios de chocolate suizo.